El hombre ha buscado desde sus orígenes explicarse así mismo lo que es como criatura y su interrelación con el entorno. Para tal efecto ha construido sistemas de pensamiento a través de los cuales ha pretendido dar explicaciones absolutas acerca de sí mismo y del Universo. Unos pocos sin embargo, menos pretenciosos, por ser sabios, han señalado la limitada capacidad cognitiva del hombre para responder a interrogantes como: ¿Quién es? , ¿De dónde viene? , ¿Para donde va? ; como también para explicar la complejidad y al mismo tiempo sutileza del planeta Tierra que habita y el Universo en general. Ya, Protágoras, en la antigüedad, había dicho que ‘’El hombre era la medida de las cosas’’; y más reciente en los dos últimos siglos, los Teósofos señalaron que: ‘’El hombre hace su mundo’’, o, que, ‘’El hombre es lo que piensa’’, y filósofos racionalistas como Descartes, afirmaron que “las cosas son lo que son y no lo que creemos que son”. Dichos planteamientos han sido corroborados por la moderna ciencia moderna al descubrir que el conocimiento depende en sí de la facultad perceptiva humana, es decir, de los sentidos y, en consecuencia, es de índole subjetivo y por tanto limitado.

Sin embargo, muy a pesar de los descubrimientos científicos que reafirman lo ya descubierto remotamente por los antiguos respecto de la relatividad del conocimiento humano, el hombre moderno absorto en el modelo económico y social prevaleciente, de naturaleza consumista, cree poseer toda la verdad. La arrogancia, que lo ha hecho desprenderse de Dios como razón última de todas las cosas, lo ha puesto fuera de la realidad, o más alejado de ella. Ansioso por conocer para controlar, cree tener la respuesta para y a todo, sumiéndose cada día en un autoengaño que lo mantiene robotizado y aislado cada vez más de la verdadera naturaleza de sus sentimientos, de sus pensamientos e incluso de la "realidad" que él mismo ha construido.

Así, vemos a nuestro hombre-mujer modernos apresados y torturados por los logros del llamado ‘’progreso’’, víctimas de la tecnología (Internet, televisión, etc.) que ha suplantado el diálogo familiar, la tertulia amistosa, el diálogo interno (del alma), que ha hecho del hombre-mujer el ser viviente más solitario de cuantos existen en el planeta.
Rota la comunicación interpersonal, desintegrada la unidad familiar, e inmersos en la banalidad del mundo contemporáneo, hemos entrado en la decadencia absoluta de las relaciones humanas, entronizándose en consecuencia en la vida cotidiana el conflicto, las guerras de aniquilamiento y las más diversas y aberrantes formas de violencia. Violencia tan aberrante como absurda, que está colocando en entredicho, de manera paradójica, los propios ideales de progreso y bienestar de la Humanidad.

Y con tantos elementos como insumos de la actuación del hombre prefabricado por el modelo económico-social consumista, llegamos a la falsa identidad de sí mismo, resultado de la excesiva preocupación por la posesión de bienes y satisfacción de necesidades materiales, como también por su imagen externa: El aspecto personal, que ha divinizado buscando aparecer ante los demás como el Adonis mitológico.
Preso así de tan falsas ilusiones en las que le es imposible encontrar la razón de su existencia, divaga solitario e insatisfecho en busca de ‘’ese algo’’ que siente en lo más profundo de su ser que le hace falta para sentirse en paz consigo mismo, para colmar y calmar sus aspiraciones de realización verdadera. Pero por más que busca externamente no lo encuentra. De tal manera, en su desespero producto de sus falsas ilusiones, que como un espejismo le confunden lo real de lo imaginario y fantasioso, cae en mayores excesos, creyendo que es allí donde puede estar también parte de la realización de la vida. Dependiente entonces de fuentes externas de estimulación cae en las drogas, el alcohol, el sexo desenfrenado, la ciberadicción (adicción a Internet), el cine, la música masificante y los deportes espectáculo, convirtiéndolos en sus mayores necesidades de satisfacción personal... , para encontrar al final aún mayor vacío en su vida.

Confundido entonces como está por el imperio de los sentidos y de las satisfacciones mundanas, nuestro pobre individuo (hombre-mujer) modernos ha perdido toda noción de virtud y buen obrar, de tal manera que no logra, por la condición de objeto que ha hecho de sí mismo, distinguir entre la realidad y la ilusión; la verdad y la falsedad; la buena acción y la mala; lo justo y lo injusto; lo espiritual y lo material. Obscurecido así su espíritu por las densas sombras de la materia, se queja, reniega de la sociedad y de la descomposición, que dice, le afecta; no logra entender porqué las instituciones y los sistemas creados, y sostenidos por éstas, se encuentran en crisis, víctimas del cáncer de la inmoralidad que los consume acelerada e irremediablemente. Inconsciente, adormilado y desconcertado como está, no logra ver en la descomposición de la sociedad en que vive, el reflejo y a la vez la parte que de su propia descomposición individual le ha aportado a ésta, pues no comprende que la descomposición social lleva en sí o contiene, implícita, la propia descomposición individual.

De manera magistral, el genial Wittgenstein, señaló: ‘’ Aunque hayamos resuelto todos nuestros problemas prácticos, y satisfecho todas nuestras necesidades materiales, con ello no hemos resuelto ninguno de nuestros problemas personales y trascendentales, por ejemplo el sentido del amor y la amistad, del fracaso, del dolor, de las desgracias, de la vida y de la muerte. Ante ellos, callan los científicos, y no nos queda otro recurso que abrirnos al sentido interno de todo, allí presente pero latente, íntimo y personal: DIOS ‘’... fuerza viva que mora en tu corazón.

José Eduardo Pedraza
Coach, Conferencista.





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